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Solo

Imagino que el sonido habita en un lugar donde olvidamos el lenguaje de las palabras y empezamos a comunicarnos en un estado en bruto.

Mi violoncello, es un ser condicionado por su propia ficción. Lo transformo en una contradicción, cuando decido conjugarlo tanto en su estado conocido como salvaje. Cuando un sonido es reventado constituye un rechazo al yo del instrumento, su propio ser en negación. A su naturaleza convencional. Su naturalidad desnaturalizada que deviene en metafisca esencial cuestionada y puesta al límite.

Investigo en todas las posibilidades del roce, como si estuviese trabajando molecularmente las fibras. Pienso el cello como una tela, un campo visual, donde se articulan no solo sonidos sino también dibujos, coreografías de movimientos.

Me inquieta barrer con las ideas que quedan fijas en la memoria, que ya han configurado un sistema de sentidos. Cuando esas ideas se convierten en terreno intranquilo  renuncio en otra materia  para encontrarme en el ejercicio original.